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miércoles, agosto 10, 2022

Carlsen rema hacia atrás

Magnus Carlsen ha anunciado que renuncia al trono en el Día Mundial del Ajedrez (20 de julio), reconocido así por Naciones Unidas. Su decisión puede causar un enorme daño al deporte que le ha hecho famoso y millonario, justo cuando está de moda en gran parte del mundo por la suma de cuatro factores principales: los confinamientos, el éxito de la serie Gambito de Dama, su gran potencial como herramienta educativa y su utilidad para retrasar el envejecimiento cerebral y el alzhéimer. Cabe preguntarse si el noruego está incumpliendo una responsabilidad moral.

“Mantenerse en la cumbre es más duro que llegar a ella porque compites contra el sentimiento de que ya has logrado el objetivo de tu vida. Permanecer motivado tras escalar el Olimpo del ajedrez es como subir al Everest dos veces (o mejor seis). Los humanos necesitan motivos”, explica Gari Kaspárov en un tuit pocas horas después de la renuncia de Carlsen, quien ya no podrá igualar una de las dos mayores marcas de Kaspárov: permanecer invicto durante siete duelos consecutivos por el título (el escandinavo lleva cinco). La otra sí es posible aún, pero estratosférica: ser el número uno durante veinte años seguidos (1985-2005), hasta su retirada; Carlsen lleva diez u once desde enero de 2010, según cómo se valore que bajase al número dos en noviembre de 2010, y marzo y mayo de 2011.

Esas razones que indica Kaspárov lo elevan como el campeón que más ha aportado a la popularidad del ajedrez, durante un cuarto de siglo en la élite, y también después, tras su retirada. Cometió graves errores; el mayor, provocar un cisma en 1993 al desligarse de la Federación Internacional de Ajedrez (entonces muy corrupta e ineficaz, pero necesaria). Sin embargo, las hazañas del ruso nacido en Azerbaiyán pesan más: mantuvo con Anatoli Kárpov la mayor rivalidad en la historia de todos los deportes individuales; tomó la bandera de los humanos contra las computadoras en sus duelos contra Deep Blue (IBM), que fueron noticia universal de primera página; escribió Mis Geniales Predecesores, una obra monumental sobre todos los campeones del mundo; y bregó siempre -lo sigue haciendo- por la popularidad del ajedrez como deporte, así como sus importantes aplicaciones educativas, sociales y terapéuticas.

Es de justicia reconocer que Carlsen no ha tenido un rival equiparable a lo que Kárpov fue para Kaspárov. Y también que tomó una decisión difícil, arriesgada y muy útil para el interés público pocas semanas después del estallido de la pandemia, en abril de 2020: Chess24, una de las empresas de su grupo, Play Magnus, impulsó un circuito de torneos rápidos por internet cuando gran parte del mundo estaba confinada en casa. Es por tanto cierto, como indica en su comunicado de este miércoles el presidente de la FIDE, Arkady Dvorkóvich, que el noruego ha contribuido a que el ajedrez esté de moda.

También es comprensible que, como ser humano, le resulte muy arduo dedicar varios meses cada dos años a prepararse contra un solo rival, con la presión añadida que conlleva un duelo por el título. Aunque conviene matizar que esa obligación le ha hecho millonario, y un gran privilegiado si se le compara con la gran mayoría de los seres humanos, que deben ir a trabajar cada día en algo que no les apasiona para ganarse el sustento. Por otro lado, es también cierto que desde 2018 viene reivindicando un cambio en el formato del Mundial. Y tiene razón al hacerlo: la enorme influencia del entrenamiento con computadoras que calculan millones de jugadas por segundo hace que las partidas al máximo nivel tiendan a ser aburridas para el aficionado medio, y no sirvan para atraer a nuevos seguidores.

Carlsen, durante una partida contra Niepómniashi durante el Mundial de Dubái, en diciembre de 2021ERIC ROSEN

Pero la información más reciente permite deducir que la decisión de Carlsen no es coherente con sus propias convicciones. Él mismo reconoce en su comunicado que la FIDE le ha hecho propuestas que le gustan, lo que solo puede significar alguna mezcla de las partidas lentas con otras rápidas. Una que Carlsen vería con gran agrado es la que se ha experimentado con éxito precisamente en Stavanger (Noruega), en el torneo de élite Norway Chess: cada partida en tablas es inmediatamente seguida de una muerte súbita, llamada Armagedón: diez minutos para el jugador de las blancas, obligado a ganar, y siete para el de las negras. A preguntas de EL PAÍS, ni la FIDE ni el padre y representante de Carlsen, Henrik, han negado (aunque tampoco han confirmado) que Dvorkóvich hiciera esa propuesta en la reunión de Madrid, hace dos semanas.

Es decir, la FIDE, un organismo muy conservador y de progreso muy lento, ha ofrecido muy probablemente a Carlsen lo más innovador, y el campeón lo ha rechazado. Las consecuencias serán graves. El duelo entre Niepómniashi y Liren Ding no se puede jugar en Rusia por las sanciones, y es dudoso que se dispute en China bajo la política de covid cero de ese Gobierno. En todo caso, tendrá una difusión muy inferior a uno con Carlsen, quien por tanto aparecerá mucho menos en la prensa porque el Mundial es el escaparate más llamativo para que se hable de ajedrez en todos los continentes. No sería extraño que, en dos años, Carlsen decida recuperar el trono, porque eso sí le motivará. Pero dos años son un tiempo precioso cuando el mundo del ajedrez debe aprovechar el MOMENTO, con mayúsculas, que quizá sea efímero si no lo hace bien.

En su entrevista con EL PAÍS del pasado noviembre en Dubái, Carlsen subrayó que el mundo actual no incita a pensar. Y lo explicó así: “Me refiero a las prisas, el mal uso de las redes sociales, la cantidad de mensajes que te llegan por todas partes y que se supone que debes contestar… No puedo estar más de acuerdo con esa idea. Y creo que cada vez hay más gente preocupada por el mal uso de las nuevas tecnologías. En ese contexto, es obvio que el ajedrez puede ser muy útil”.

Uno de los instrumentos con que cuenta el ajedrez para el grandioso objetivo de enseñar a pensar jugando es la repercusión del Campeonato del Mundo cada dos años. Todos los remeros de ese barco deben bogar en la misma dirección. Pero de pronto resulta que el patrón lo hace para atrás.

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