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miércoles, agosto 10, 2022

El día en el que ganaron todas

Ya sabemos que aquello de que lo importante es participar es una mentira piadosa. Pero, quizás por una vez, lo más importante no es quién ganó la final de la Eurocopa femenina porque este torneo lo han ganado todas. Todas las mujeres. Incluso las de los países que ni siquiera participaban. Y también los hombres. O muchos hombres, porque siempre habrá un grupo de irreductibles. Un grupo inmenso hace apenas cinco o 10 años, que empezó a desmoronarse en el Mundial de 2019 de la mano de Megan Rapinoe y se bate hoy en retirada gracias a esta Eurocopa.

El fútbol femenino, o sea, el fútbol, ya nunca será igual. Porque el gran público ha descubierto que las mujeres también corren, también combinan, también reaccionan tácticamente, controlan, templan, chutan, driblan (¡ay, Athenea, cuánto machote quisiera regatear como tú!), también se pelean, discuten, dan codazos y hasta hacen teatro si es necesario. Es decir, también juegan al fútbol.

Quizás este columnista está cegado por la euforia con la que Inglaterra ha vivido la Eurocopa gracias a su juego bonito y ofensivo de la mano de una mujer neerlandesa, Sarina Wiegman, que en 2017 hizo a Holanda campeona de Europa y en 2019 la llevó a la final del Mundial (perdió ante Estados Unidos, 2-0). En septiembre de 2021 tomó las riendas de Inglaterra tras los tres tristes años de Phil Neville, en los que la arrogancia del pequeño de los Neville pudo más que el pedigrí que la Federación Inglesa (FA) buscaba al instalar en el banquillo de las mujeres a un hombre famoso.

Al decir de los críticos, Wiegman ha tenido el acierto de no señalar nunca con el dedo público a presuntos culpables, construir espíritu de equipo, tener siempre a mano alternativas tácticas y transmitir una inmensa confianza a las jugadoras, creando así un equipo capaz de aguantar la presión en defensa, sólido y combativo en el centro del campo y suelto y creativo en ataque.

El éxito de esta Eurocopa se puede medir en el terreno de lo simbólico, pero es de esperar que tenga también consecuencias prácticas. Pocas cosas más simbólicas que enviar el sábado a Leicester al Liverpool y al Manchester City a jugar la Charity Shield (el partido que desde tiempos inmemoriales abre la temporada futbolística) porque este fin de semana Wembley estaba reservado para las mujeres. O que se celebre el 20 aniversario de Quiero ser como Beckham, una película que los hombres duros consideran ñoña pero que aquí se ve como una revolución porque reivindica no solo la libertad de las chicas para jugar al fútbol sino el fútbol como herramienta para luchar por la igualdad de género y de raza, la identidad sexual, la libertad religiosa y hasta cuestionar las tradiciones familiares.

Hay más simbolismos. Hace 101 años, la FA tomó la vergonzosa decisión de prohibir a las mujeres jugar en sus campos oficiales. Durante la I Guerra Mundial, con los hombres en las trincheras francesas y las mujeres penando en las fábricas de armamento, los médicos aconsejaron a las obreras practicar deporte para preservar la salud. Muchas fábricas pusieron en marcha equipos de fútbol femenino que tuvieron un inesperado éxito popular que se mantuvo tras la guerra. El 26 de diciembre de 1920, en el tradicional partido del Boxing Day, más de 53.000 personas abarrotaron Goodison Park y otras 14.000 se quedaron a las puertas para ver jugar al St. Helens Ladies contra el Dick, Kerr Ladies, en el que brillaba la jugadora Lily Parr, de 1,81 metros y apodada La Mula por la fortaleza de sus disparos. Fue la gota que desbordó el vaso rebosante de pánico machista de la FA.

Un siglo después, la eclosión del fútbol femenino es imparable. El éxito de la Eurocopa no solo va a animar a millones de niñas y mujeres jóvenes a desafiar a sus pares masculinos en escuelas y plazas públicas para compartir el balón. También va a disparar las inversiones en un deporte que en Inglaterra no ha sido completamente profesional hasta la temporada 2018-19 y en el que ni clubes ni federaciones cobraban derechos de televisión más allá de lo simbólico hasta la temporada pasada. Las cifras hoy son ridículas en comparación con el fútbol masculino, pero la carrera ya ha empezado.

Hay muchas cosas por hacer. Algunas tan sencillas como adecentar las instalaciones, facilitar el acceso de las minorías étnicas a los campos de entrenamiento (es alarmante la caída del número de jugadoras de minorías étnicas en la selección de Inglaterra) o que las madres recientes puedan llevar a sus bebés a partidos y concentraciones. Un ejemplo: solo desde este año las jugadoras profesionales tienen derecho a la baja por maternidad y larga enfermedad. Hasta ahora, dependía de la buena voluntad de los clubes. Es el momento de invertir porque el futuro en el fútbol tiene nombre de mujer.

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